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Adiós a Antonio Pujía

A los 88 años falleció este gran escultor argentino y vecino de Flores. Sus obras “retratan las tragedias cotidianas como el hambre,  la miseria, la explotación y la violencia”.

El pasado 26 de mayo falleció Antonio Pujía (88), el reconocido escultor argentino y vecino de la Comuna 7. Su taller -ubicado en el barrio de Flores- contaba con más de 2 mil obras; y cada uno de sus ambientes estaba decorado con sus prestigiosas esculturas.

Allí todo era arte e historia y conversar con él aventuraba una cálida entrevista, en la cual era ineludible recordar a su país natal, Italia, y homenajear al cuerpo de la mujer, a quien solía representar en sus obras. Lejos de ser ésta una necrológica, pretendemos rememorar sus palabras, sus sentimientos y su manera de concebir el arte, porque “nadie desaparece definitivamente mientras perdure su recuerdo”.

“Nací en Polia, Italia. En la escuela de mi pueblo disfrutaba trazando los palotes y dibujando la guarda griega con la ayuda de mi primera maestra. Por las tardes, me juntaba en la plaza principal y los chicos más grandes nos enseñaban a hacer muñecos con arcilla que extraíamos en forma natural. Tenía cierta facilidad con las manos. A los 7 años, vine con mi familia a la Argentina. Cuando estaba en 1° superior no entendía el español y pasaba el rato haciendo garabatos en los márgenes de las hojas del cuaderno. La maestra me vio pero, en lugar de llamarme la atención, me sugirió que dibuje en toda la hoja. Dibujé a un diarero, sin saber qué era. Me llamaba la atención ver una persona pasar por la vereda con un montón de diarios abajo del brazo gritando algo que yo no podía comprender. Al terminar el dibujo fuimos a mostrárselo a la directora y a todos los alumnos por las aulas. La maestra fue una visionaria. Años más tarde, en terapia, descubrí que ése dibujo representaba mi necesidad de expresarme. Los diarios nos comunican las noticias y yo necesitaba comunicarme a través del arte”, nos contó Antonio sobre su vida en Italia y sus primeros años en nuestro país, donde comenzó a descubrir su habilidad artística.

Cuando Antonio terminó la primaria, un maestro le dijo que tenía que estudiar en la escuela de Bellas Artes porque tenía un talento innato. Ser artista le sonaba extraño, porque “no sabía de qué se trataba todo eso. Para mi sorpresa, aprobé el examen de ingreso, sin preparación previa. Más tarde comencé a trabajos con grandes maestros como Troiano Troiani, entre otros, y así di mis primeros pasos”.

Él se autodefinía como un artista humanista porque “lo humano está por encima del interés político; la alegría por encima de la tristeza; y la injusticia y la felicidad, por encima del dolor. Mis obras tienen un gran contenido social porque retratan las tragedias cotidianas como el hambre,  la miseria, la explotación y la violencia”.

Cuando tenía tan sólo 25 años se convirtió en el primer escultor escenográfico de la historia del Teatro Colón, allí trabajó durante quince años. Formar parte del Colón fue consagrarme como artista. Fui seleccionado porque sabía trabajar con cartapesta y tenía experiencia en escultura escenográfica porque hacía trabajos comerciales, como las esculturas publicitarias de la pierna de una mujer, con media de nylon, para la marca Etam”.

Antonio fue maestro de varias generaciones de artistas y continuó el legado artístico de José Fioravanti, Troiano Troiani, Alberto Lagos, Rogelio Yrurtia y Alfredo Bigatti, entre otros.

Fue despedido por su familia, grandes artistas y amigos, entre ellos, Ponciano Cárdenas y Leo Vinci; representantes institucionales y de la cultura; personalidades del Colón y de distintas editoriales y por sus alumnos. Sus cenizas descansarán en el jardín de su taller, junto a una higuera que “siempre dio fruto”, tal como lo recalcó, emocionado, su hijo, Sandro Pujía, durante la ceremonia de despedida.

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